Punto y final

¡Ay! No sé ni por dónde empezar . Eres la persona que más ha influido en mi vida. Por eso, por la importancia que tienes para mí, empezaré escribiendo esta carta pidiéndote perdón. 

Perdón por haberte decepcionado, por no haber sido suficientemente fuerte para luchar, por no haberte escuchado cuando me dabas consejos sobre cómo llevar mi vida… nuestra vida…

Dejé que las decepciones inundaran nuestra realidad, permití que los que me rodeaban influyeran en exceso sobre el pensamiento que tenía de ti y, lo peor de todo, de mí… Nunca llegué a imaginar que el desprecio que podía llegar a sentir por alguien llegara hasta tal límite de fantasear con su propia destrucción. ¿Te imaginas? Yo, por desgracia, sí… pero no por tu destrucción… sino por la mía.

Me levantaba cada mañana deseando que el día acabase. La presión en mi pecho llegaba a tal punto que notaba cómo esta intentaba destrozar mi corazón. Aunque pensé en poner mil soluciones distintas, nunca llegué a dar el paso que necesitaba para hacerlo. Eso minó mi pensamiento sobre el mundo y sobre todo lo que me rodeaba. De hecho, no llegaba ni a encontrar una explicación lógica al motivo de la existencia del ser humano… un ser carente de empatía que únicamente vive por y para sí. Nace… se nutre… se reproduce… y muere… 

Cantidad de objetivos podría haberse propuesto este más que el simple hecho de cumplir con un cometido no muy distinto del de un felino, ligeramente más avanzado, sí, pero… ¿para qué? 

De qué nos sirve soñar si no podemos imaginar si quiera en hacerlo realidad. De qué nos sirve sentir si no entendemos los sentimientos de los demás. De qué nos sirve llorar si lo hacemos en soledad… 

Pero tú… tú estuviste a mi lado y me apoyaste. Tú fuiste fuerte y me meciste en tus brazos cual bebé que necesitaba del consuelo de su madre. Pero… ¿para qué? Tú tiraste la toalla aún más pronto… tú me abandonaste antes y te cansaste de mi llanto. Me dejaste a merced de los demonios, los monstruos y de todo mal que acecha este mundo. No pudiste estar a mi lado… ni siquiera te diste cuenta de que te llegaba a necesitar tanto, que el único aire que respiraba era el que tú me regalabas con tus palabras. Y… de pronto… desaparecieron… El oxígeno dejó de llegar a mis pulmones y yo sentía que me ahogaba cada vez más. Veía la claridad de la superficie del agua pero no lograba alcanzarla… unos brazos me seguían sumiendo cada vez más en la oscuridad llevándome hasta el fondo. Los brazos de aquellos que intentaban hacer de mi existencia un infierno. Un infierno que ni en la situación en la que me encuentro les desearía a ellos. Un infierno que me hunde, me destroza y me devora sin poder prestar ningún tipo de resistencia. 

¿Ayuda? Nunca la tuve… salvo la tuya. Pero tú, lejos de querer comprenderme te limitaste a hacer lo que creíste oportuno, aunque no fue suficiente… ¿olvidar mi entorno? ¿Vivir en otro lugar? ¡No! No eran soluciones reales porque no podían llegar. Yo no podía hacerlo y tú tampoco… lo sabías… sabías perfectamente que necesitaba tu apoyo pero no me creíste. Hiciste lo mínimo imprescindible para acabar pensando que todo estaba en mi mente… pero no era cierto. Optaste por la solución fácil, aunque no fuera conscientemente. Esa decepción fue el remate… la alevosía del demonio contra mí… el corte del hilo que hacía perdurar mi cordura… y ahora… nada de eso importa.

He intentado aguantar… ¡lo juro! Llegué a pensar que tenías razón, que todo estaba en mi mente y que era yo, carente de todo sentido, la que imaginaba cosas malas… Pero, ¿acaso importa? ¿Acaso puedes juzgarme por ello y retirarme tu apoyo? Los días pasaban y mis emociones pendían de un hilo. Una suave brisa, el movimiento de las hojas, una mirada, una sonrisa… el eco… todo me emocionaba y me llevaba cada vez más allá. Llegué incluso a pensar que lo que me rodeaba era el infierno. Llegué a imaginar que, de alguna manera, ya estaba allí y de algún modo era un castigo por lo que había hecho en una vida anterior. Quizá después de esto venga el cielo, ¿no?

No aguanto más… el sufrimiento ha llegado a ser tan latente que puedo verlo y observarlo… ¡casi puedo tocarlo! Me quiero deshacer de él y no encuentro más salida que esta. 

¡Os maldigo! Os maldigo a todos aquellos que me habéis consumido, que habéis escupido mis huesos y me habéis matado en vida. ¡Si hay un Dios, ojalá no sea benévolo con vosotros y recibáis su justo castigo! Ojalá pudierais sentir siquiera un ápice de mi dolor… de mi agonía… del fruto de vuestro trabajo tan bien ejecutado.

Empiezo escribiéndote esta carta que espero que leas. Sé que en ella te digo muchas cosas pero la culpa, en realidad, es mía… siempre fue mía…

No sé a dónde me llevarán mis actos ni si hay vida después de la muerte. Quizá nos volvamos a ver al otro lado. Tú, mientras tanto… vive.

Esta es mi nota de suicidio. Este es mi punto y final.

Te quiere, tu hija. 

Hasta nunca, mamá…

Firmado: Ana, estudiante de tercero de secundaria.

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