Tu ilustración

Ayer recordé todo aquello que te hacía ser tú, al menos a mis ojos. Aterrizó en mi memoria tu ilustración, aquella imagen residual que aún permanece en mi ser. Eso que nunca nadie me podrá arrebatar, salvo cuando la muerte venga a por mí. La vida, sin compasión, decidió privarme de tal hermosura. Tus rizos de oro, tus ojos marrones, tu piel pálida… tú.

Hoy siento que estás a mi lado. Que el recuerdo de tu imagen continúa vivo y que, si logro concentrarme al máximo, puedo volver a verte. Es mi mente la que consigue uno de los mayores logros de los que puedo presumir hoy en día, recordar tu silueta.

Ya no volverán las fotos que quedaron en algún cajón enterradas para siempre. No volverá a mí el destello de tu sonrisa o las facciones que definen tu rostro. Tus besos, más sentidos y percibidos que nunca, tu compañía sin tu imagen, tu mirada sin tus ojos. Todo permanece en mi memoria con ternura y desazón. ¡Cuánta maldad tuvo la vida conmigo y cuánto amor has profesado siempre por mí! Eres el antídoto del veneno que desea acabar conmigo. Y lo supe… lo supe desde que naciste y vi aquellos enormes ojos observándome, aquellos finos dedos que con dulzura y esperanza se aferraban a los míos. ¡Oh Dios, necesitabas toda tu mano para poder agarrarme un solo dedo! Te apretaba contra mi pecho y el sonido de mi corazón te aletargaba hasta alcanzar tus sueños vespertinos. No hacía más que observarte y conservar aquella bella imagen por siempre en mi memoria… tu ilustración en mi mente, el mayor presente que el destino decidió confiarme. 

Guardo con secreto las fotografías que ahora reproduzco y que nunca volverán. Aquellos recuerdos enfrascados en años de amor y vivencias. Aquellas… tampoco volverán. Permanecerás en mi recuerdo gracias a ti, a tu voz y a la reconstrucción de todo aquello que ya no poseo pero que tú consigues aún hacerme ver. 

Permaneces a mi lado, aunque únicamente te huela. Me hablas, aunque únicamente te oiga. Me besas, aunque solo te sienta. Soy yo, ahora, quien te da la mano y me parece más grande que nunca. Soy yo, quien escucha tu corazón y se queda dormido con el son de tus latidos. Eres tú, quien mantiene viva tu imagen en mi memoria. 

Pues gracias a ti no necesito aquellas fotos; gracias a ti no necesito más imagen que la que construyes en mi mente; gracias a ti no necesito que mis ojos vuelvan a ver. 

Pues tú eres el deseo de mi alma, el beso de la mañana, el olor del rocío, la luz del atardecer, la luna en la noche, la esperanza en la tristeza, la humildad en la grandeza, la alegría en la desesperación, el amor en todo lo bello, la luz en mi ceguera.

Tú, hija mía, eres lo que siempre soñé, aunque el destino haya decidido que nunca más te vuelva a ver.

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