Hasta mi final

Y ahí estaba Pedro, postrado en la cama sin más compañía que la de su amigo. De poco podía hablar ya, pues sus horas estaban próximas a su fin. El único sonido que invadía la oscura habitación era el rápido tintineo de las gotas de lluvia golpeando en las persianas. <<Noche y lluvia>>; no podía imaginar una mejor situación. Todo permanecía en un oscuro silencio y, a pesar de que era su hogar y de que su mujer se había marchado hacía ya varios años, él conservaba la esperanza de volver a verla de nuevo cuando todo acabase. 

La compañía era justo la que deseaba tener en el mundo de los vivos. Él y su compañero llevaban quince largos años juntos.

—Quién me iba a decir que tú me sobrevivirías. —Bromeaba.

Pero su amigo no contestó. La expresión que figuraba en su rostro era de tristeza, pues sabía lo que pronto llegaría. Por su mente solo pasaban los buenos momentos juntos. Recuerdos de aquellos días en los que ambos paseaban por el parque. Las largas conversaciones en las que prácticamente solo hablaba Pedro. Muchas personas, al verlos pasar, incluso pensaban que aquello se parecía más a un monólogo que a una conversación. Pero no le importaba, pues su amigo sabía expresar con claridad sus sentimientos y, lo mejor de todo, era un perfecto acompañante que prestaba sus oídos. Siempre le escuchaba con atención, ya fuera un absurdo chiste que la mayoría de las veces ni entendía o una reflexión triste en la que solía recordar a su esposa con ternura.

Cuando necesitaba un abrazo, éste se lo daba sin discusión. Pedro no necesitaba pedirlo, simplemente él estaba ahí y era consciente de su necesidad. Era tal el cariño incondicional que éste profesaba, que incluso tenía el atrevimiento de consolarlo con un beso en la mejilla.

—Cuántos años juntos, ¿verdad? Y qué bien nos lo hemos pasado. —Logró expresar entre tanta tos.

Pero su amigo, fiel a su comportamiento, guardó silencio y se limitó a acariciar la palma de su mano para que no se sintiera solo. Acompañando con su presencia e intentando inundar de cariño aquellos instantes. 

—Me alegro de ser yo el primero que deje este mundo, viejo amigo. Creo que no sobreviviría otra pérdida importante. Desde que Lorena —su mujer —se marchó, no he querido tanto a nadie como te he querido a ti. De no ser porque decidiste estar a mi lado, no habría levantado cabeza.

Pedro no tenía a nadie en el mundo más que a ella. Pensaba que su vida se sumiría en una triste y amarga soledad. Pero entonces, un día, mientras paseaba de la mano de sus pensamientos y sus buenos recuerdos, conoció a alguien con tanta tristeza como la suya. Un alma gemela que caminaba perdida y que se sentía sola a pesar de estar rodeada de una multitud. Si el análisis se centrara únicamente en el sentimiento, podría inferirse que estaban hechos el uno para el otro. La expresión de su amor podría incluso ser la comidilla de los vecinos. Pero era evidente que, ni solo ni acompañado, nadie se acercaría para hablar con él. El <<qué dirán>> no le importaba en absoluto, tan solo gozaba de la presencia de un ser tan querido y de las largas conversaciones hasta el anochecer.

—Tú y yo. Inseparables desde que nos conocimos. He sido consciente siempre de nuestra edad y no era de extrañar que ambos dejáramos este mundo, más o menos, a la par. Pero me temo que yo me iré antes que tú. Tengo que pedirte perdón por ello. Lo siento de todo corazón.

No podía evitar que una lágrima asomara por su mejilla. Su amigo, al verla, decidió limpiársela. No deseaba que estuviera triste.

—Lo que más me preocupa de todo esto es cómo te sentirás tú a partir de ahora. ¿Qué crees que pasará? ¿Volverás a pasear solo? ¿Crees que encontrarás a alguien que hable tanto como yo? —rió.

Pero su amigo no contestó. Ni siquiera hacía falta. Tan solo acarició su mano y contuvo las lágrimas. No quiso preocupar a Pedro. Aunque eran preguntas que él también se hacía, prefirió acompañarlo en sus últimas horas sin más comunicación que la que otorgaba con su presencia. Deseaba que se sintiera acompañado y amado mientras abandonaba este mundo.

—Sé que te las arreglarás muy bien sin mí. Y, ¿sabes qué? Cuando tú también decidas dejar este mundo, te estaré esperando al otro lado del río. No te preocupes por las monedas del barquero, dejaré pagado tu viaje —sonrió. —Estaré deseando presentarte a mi esposa. Es muy guapa, ¿sabes? Pero no se te ocurra enamorarte de ella. —Volvió a reír.

—Adiós… viejo amigo. —Y con un suspiro, exhaló su último aliento.

Pedro dejó de hablar. La lluvia continuaba golpeando con fuerza en la ventana. La ya existente oscuridad seguía invadiendo la habitación. Pero todo acababa de cambiar. Pedro acababa de dejar este mundo.

Su amigo no pudo contener el llanto y comenzó a llorar amargamente. Una fuerte soledad acababa de irrumpir en su vida y en su ser con ímpetu. No volvería a ver a su amigo, no volvería a escucharlo nunca más. Tan solo quedaría todo en su memoria. Tampoco sentiría su olor ni su compañía. Era tal su pesar, que no pudo contener su tristeza. Tuvo que dejarla salir de la única forma que sabía. No le importaba quién le escuchara ni las posibles represalias. Su amigo, su compañero fiel, su alma gemela… acababa de marcharse para siempre. ¿Qué sería de él ahora? No podía evitarlo y comenzó a aullar con fuerza como nunca antes lo había hecho. Lloró amargamente y besó la mano de su amigo de la única manera que sabía. Paseaba su lengua una y otra vez entre sus dedos y, después, por su mejilla. Y allí, en silencio, se quedó. Tumbado a su lado sin poder decir nada. Expresando con sus leves gemidos su dolor. 

Acompañó a su amigo hasta el fin de sus días. El dolor era lo único que le quedaba.

Deja un comentario