Episodio Internacional

Corro en dirección hacia adelante. La realidad me golpea en mi rostro cansado, cruel como las peores pesadillas de las que cualquier ser humano pudiera sufrir. Mis zapatos, aunque desgastados por fuera sin mayor signo de destrozo que el roce y la suciedad, permanecen resquebrajados por dentro hundiendo el talón hasta casi tocar el suelo. Intento mirar hacia delante, no hacia los lados. El hedor que desprendo me deja atónito y mi falta de higiene intenta ocupar mi cerebro, pero no puedo parar ni un instante. Vuelvo a mirar arriba, compruebo el sol en lo más alto y la soledad a mi alrededor. Tan solo mi pequeña me acompaña en la travesía que puede acabar con nuestras vidas, pero ella no lo sabe. Con una mano cojo la suya de piel delicada; con la otra, porto una botella de agua que pude llenar en Damasco antes de partir.

—¿Falta mucho, papá? —Pregunta entrecerrando uno de los ojos cegadas por el sol. Su lunar en la mejilla derecha me recuerda a su madre, su pelo rizado y moreno a su abuela.

—¡Para nada! Pero recuerda, cuanta más largo el viaje, mayor será la recompensa. Te recuerdo que los amiguitos de tu peluche estarán esperándonos cuando lleguemos. Cuanto más caminemos, más de ellos habrá. ¿Tú no quieres eso? —Esbozo una sonrisa para calmar su incertidumbre y desviar la atención de su cansancio.

—¡Claro que sí! —Aprieta con fuerza su osito de peluche ajado y maloliente. 

Ese fue uno de nuestros triunfos, conseguir recuperar aquello que con tanto cariño había conservado a lo largo de los meses. Su precioso osito de peluche. Pero la travesía continúa. Atrás quedaron los susurros de las bombas, el silbido desagradable de los disparos, el hedor a muerte y destrucción, el ruido de las piedras amontonadas al pasar por encima de ellas. Aún recuerdo cuando jugaba con ella antes de que todo ocurriera. Saco mi teléfono móvil del bolsillo, el único objeto de valor que conservo y que espero poder utilizar una vez lleguemos a nuestro destino. Pero las gotas de sudor siguen cayendo por mi frente. La poca agua que pude conseguir antes de salir es la que ahora conservo para que mi pequeña pueda continuar caminando.

—¿Y mamá y el hermano? —Vuelve a mirarme entrecerrando el ojo derecho que tanto me recuerda a su madre.

—¡Allí nos esperan! Ellos salieron antes y nos llevan ventaja. ¡No es justo! ¿Verdad? —Intento ocultar las lágrimas que pretenden brotar de mis ojos. Miento a mi hija con dolor pero con la esperanza de que algún día me perdone. Mi preciosa mujer y mi pequeño fueron víctimas del bombardeo al mercado del centro que tantos se llevaron a la otra vida. 

—¡Qué cara más dura! —Nunca antes me supo con tanta dulzura que mi pequeña me increpase de esa manera. Su vivacidad alimentaba la mas honda de mis esperanzas, ocultas tras el descaro de mi dolor.

—¡Pues por eso! ¡Debemos intentar recortar parte del camino!

Mi miedo se hace latente, pero sus escasos cinco años hacen que cualquier excusa con tono burlesco supere con ahínco posibles temores o incertidumbres que pudieran surgir. Muchos dicen que matan en nombre de un Dios, otros en nombre de un líder. No son conscientes de que la muerte que invocan no está atada más que al nombre de quien toma la decisión final de acabar con la vida de cualquiera de sus semejantes. Mi hija me habla, yo ladeo la cabeza, un oído me sangra desde que salimos de la ciudad. Intento que no se dé cuenta, eso podría ensombrecer la poca luz con la que intento alumbrar tan sombrío episodio en nuestras vidas. La sensación de hastío me envuelve cada vez más y las dudas me asaltan por cómo nos recibirán en la frontera. Mis tejanos azules, una camisa sucia y rasgada, mis zapatos gastados y un móvil. ¿Qué pensarán si me ven con él? Es lo poco que pude obtener de allí antes de marcharnos. Algo para estar en contacto con alguien, para poder llamar a mi hermano o mi hermana, de quienes no conozco su paradero actual. Algo que poder darle a mi hija para que nos recuerde en caso de que no pueda completar con ella la misión que ahora nos ocupa. En su interior contengo fotos de ambos, de su madre, de su hermano, de nuestra familia… de nuestra vida. Si la muerte viene a por mí no deseo que se maldiga por no poder retener en su memoria la imagen de nuestros rostros. No quiero eso. Prefiero ser víctima de desprecios e incredulidades antes que hacer a mi hija una desmemoriada. Agarro su mano, no demasiado fuerte, pues el sudor hace que se resbale. La observo, adoro sus coletas, su sonrisa, sus ojos, su voz, su esencia… Continuamos nuestro camino hacia nuestro destino final sin más compañía que la del otro y la fiel promesa de poder ver, finalmente, a los supuestos amigos de su peluche que tanto deseamos ver. Yo solo quiero contemplar su sonrisa. <<Habrá tiempo para soñar, pequeña>>, me digo una y otra vez. <<Habrá tiempo para sonreír y recordar tiempos mejores>>.

Las piernas me flaquean y mi cuerpo rechaza los signos vitales que me mantienen de pie. Pero debo aguantar, debo permanecer erguido y no demostrar debilidad pues puede ser lo que finalmente desmonte la realidad que he construido para ella. 

—¡Mira papá, una verja! —Me advierte. 

Intento mirar al horizonte buscando aquello que ella dice. Me froto los ojos con los dos puños soltando su mano tan solo un instante; quiero creer que lo que veo es cierto. La frontera que tanto ansiaba. El salvoconducto que ambos necesitamos para huir de la muerte. Ya casi hemos llegado, no queda prácticamente nada. Pero me temo que mis piernas no me dejan caminar más. Es como si la figura de la muerte hubiera venido a por mí y yo no pudiera hacer nada para evitarlo. Perderé el conocimiento dentro de poco tiempo y tengo que llegar antes de que eso ocurra. Tengo que proteger a mi pequeña. Ese es mi último cometido.

Un soldado que guarda la frontera nos ve a lo lejos, nos indica que paremos y hace aspavientos para que no continuemos. Yo observo a mi hija, se asusta. No entiende lo que está pasando.

—Hija, toma. Coge esto. Aquí están las fotos de nuestra familia. Enséñaselas a los amiguitos de tu peluche en cuanto los veas. Seguro que les encanta.

—Pero papá, no puedo seguir sola. Yo quiero estar contigo. —Sus palabras me destrozan el alma. 

—¿Ves ese hombre de allí? Camina muy despacio hacia él. Te llevará a conocerlos, están al otro lado de la verja. Hay que entrar de uno en uno, por eso yo debo permanecer aquí un rato. 

—¿Allí están mamá y el hermano?

—Sí, hija. ¡Ve, corre! 

Ella camina hacia delante y el soldado baja el arma mientras otro se acerca a ella para evitar que le pase nada. Yo, preso del cansancio, caigo al suelo donde finalmente pierdo el conocimiento y aquello que no vuelve más. Pero abandono este mundo sabiendo que al menos he podido salvarla a ella. Ella es mi auténtica heroína, la que ha podido cruzar la enorme travesía. La que no dejará que nuestra memoria muera. La que llevará al mundo un trocito de la realidad que nos asola.

Lo demás, ya no importa…

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